¿Qué hace que las personas crean en narrativas que niegan la crisis climática, celebren discursos de odio camuflados de entretenimiento o repitan rumores —como los que aseguran que los hipopótamos cobran peajes en Colombia—, mientras se ignoran debates urgentes sobre conservación, sostenibilidad o transición energética?
La agenda pública se ahoga entre contenidos manipulados, deepfakes, desinformación y discursos de odio amplificados por los algoritmos que premian la indignación. En ese ruido la emocionalidad supera la evidencia y los relatos con intereses políticos y económicos logran desviar la atención de lo esencial: actuar frente a la crisis climática.
En esta edición exponemos algunos análisis a propósito de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC), te invitamos a contrastar la información que recibes y a detenerte para razonar: ¿cómo podemos fortalecer la integridad informativa frente a la crisis ambiental?
Narrativas negacionistas: el nuevo rostro de la desinformación

Las estrategias de desinformación climática han mutado. Ya no se limitan a negar la existencia del calentamiento global (como lo han hecho el movimiento MAGA o los terraplanistas), ahora adoptan formas más sofisticadas y buscan sembrar dudas, generar discursos de odio y manipular la opinión pública.
Según Razón Pública, el negacionismo climático actual busca “desprestigiar, sabotear y postergar las soluciones a través del desorden informativo”, amplificado por bots y trolls que replican falsedades a gran escala.
Algunas de las narrativas más comunes incluyen:
- “La crisis climática no es tan grave”: discursos que reducen el fenómeno a simples ciclos naturales de la tierra.
- Autoridad falsa: uso de científicos o expertos en campos no climáticos (astrofísicos, por ejemplo), para contradecir sin pruebas el consenso científico.
- Coartada geográfica: narrativas comunes que rezan que en países como el colombiano, al no ser un gran contaminador global, no existe la urgencia de una transición energética.
- Polarización y odio: amenazas contra biólogos/as y científicos/as que abogan por soluciones urgentes ante la crisis climática. No solo por la desinformación, están íntimamente ligados a intereses geopolíticos y económicos.
Estas narrativas no son casuales. Están ligadas a intereses políticos, económicos y geoestratégicos que se valen de la desinformación como arma de influencia.
Ante lo complejo de todo, organismos internacionales comenzaron a actuar. Durante la Cumbre Global sobre la Desinformación de la UNESCO se propusieron tres pilares con enfoque en derechos humanos:
- Empoderar la demanda a través de la alfabetización mediática e informacional.
- Calificar la oferta protegiendo a periodistas y científicos.
- Discutir la gobernanza con una regulación ética de las plataformas digitales.
En esa cumbre, Guilherme Canela, de UNESCO, insistió en que es imprescindible enfatizar en el fortalecimiento de la integridad de la información para combatir fenómenos como los discursos de odio y la desinformación misma. Además, destacó la urgencia de tratar la información como un bien público global.
En el mismo encuentro, Carlos Lauría, de la Sociedad Interamericana de Prensa, subrayó que para lograrlo es necesaria una combinación de más educación mediática, uso ético de la IA, innovación, confianza y verificación rigurosa
Las convenciones sobre cambio climático, como la COP, concentran las decisiones globales en manos de gobiernos y representantes, pero no siempre reflejan las voces de quienes viven directamente los efectos del calentamiento global. Antonio Paz Cardona, periodista de Mongabay, recuerda que estas convenciones no son jurídicamente vinculantes, así sean los gobiernos quienes participan, y que las decisiones se toman por consenso. “Si hay un solo país que no está de acuerdo, es decir, si tienes 180 países que dice que no a los fósiles, pero hay 10 que sí, no se logra el consenso”.
El periodista advierte que esta distancia entre las negociaciones internacionales y las comunidades locales refuerza la urgencia de fortalecer la educación ambiental y mediática. “Poder distinguir entre cuáles son fuentes serias, fuentes que conocen el tema, cuando las notas, por ejemplo, tienen citas, información y contexto, son mucho más creíbles que notas en las que solamente hay opinión. Entonces, en el caso del tema climático, al ser tan técnico, por ejemplo, ver información donde no hay referencias a estudios nos debería alertar sobre la veracidad o por lo menos la calidad de la información”, explica.
Su reflexión conecta con una preocupación más amplia: la brecha informativa en torno al cambio climático. En un momento donde la evidencia científica compite con la desinformación viral, garantizar el acceso a información confiable y contextualizada, es también un asunto de justicia ambiental y participación democrática.