Escrito por: Alexandra Molina. Investigadora – periodista.
Esta sobreexposición no es neutra. Erosiona nuestra capacidad de descanso, alimenta la sobreestimulación y amenaza nuestra salud mental y bienestar social. En la era del scroll infinito no solo está en juego nuestro tiempo, también la calidad de nuestra atención, un recurso cada vez más escaso de la democracia contemporánea. Este costo tan alto nos revela la pérdida de la facultad de razonar. “La mayor dificultad no es apagar el móvil, sino la pérdida de capacidad para estar con uno mismo, en silencio y reflexión. Esta erosión de la singularidad afecta la democracia, porque un sujeto sin diálogo interior crítico está más expuesto a la manipulación y la emoción inmediata”, advierte José Carlos Ruiz en El País América.
El llamado détox digital —reducir voluntariamente el uso temporal del celular— podría mitigar síntomas como la ansiedad y la depresión relacionadas con su uso problemático de teléfonos móviles, y favorecer rutinas o espacios libres de pantallas. Según, una investigación publicada en JAMA Network Open el problema no son solo las horas frente a las pantallas, sino que está relacionado directamente con el contexto familiar, el acompañamiento y el apoyo psicosocial. El estudio titulado “Comportamientos de estilo de vida en la infancia y síntomas de salud mental en la adolescencia”, propone una alternativa basada más en la educación que en la prohibición: mayor actividad física y supervisión o reducción de las pantallas.

Sabemos que los entornos digitales son para expresarse, informarse, educarse, entretenerse y aprender. Pero, cuando el uso del celular se vuelve excesivo, emergen riesgos como la dependencia, el insomnio, la soledad, el deterioro de la memoria y la capacidad de concentración. Hugo Sánchez Castillo, profesor en la Facultad de Psicología de la UNAM, advierte en un artículo publicado en La Vanguardia, que el exceso de dopamina puede incluso relacionarse con la esquizofrenia.
Prácticas de desconexión digital o pequeños descansos pueden convertirse en herramientas de autocuidado, aunque requieren redes offline que brinden apoyo y alternativas de ocio. En tiempos de crisis, “abandonar ese ritual involuntario de mirar obsesivamente la pantalla, que no solo ratifica la distracción continua en la que vivimos, sino que genera un enorme flujo de datos sobre nosotros: desde nuestra localización hasta nuestros gustos, comportamientos, emociones o relaciones”, recuerda Alberto G. Palomo en El País América, es una tarea indispensable, no solo individual, sino también colectiva.
A nivel global, el détox digital ha crecido como un movimiento que demanda “condiciones materiales y un entorno favorable” generalmente atravesados por los privilegios de “clase, género, raza y condición migratoria”. La revista Cureus de Ciencias Médicas plantea la desconexión como posible solución a problemas como:
- Ansiedad, tecnoestrés y FOMO (fear of missing out), término que refiere el miedo irracional a perderse algo si se está mucho tiempo sin el teléfono móvil. Según el medio El Español, “el 70 % de las personas a nivel mundial sufre nomofobia” (miedo irracional a quedarse sin celular).
- El bajo rendimiento académico y el deterioro cognitivo derivado de la continua interrupción de las notificaciones que fracturan nuestra capacidad de concentrarnos y contribuye a la pérdida de la memoria y sobrecarga cognitiva (fenómeno denominado como “demencia digital”).
- Problemas de sueño debidos a la exposición a la luz azul antes de dormir.
- El phubbing (phone snubbing) que se refiere a ignorar a quienes están a nuestro alrededor por estar pendiente de nuestro smartphone. Hay un estrés que está detrás del phubbing y puede empeorar al disminuir la satisfacción en las relaciones interpersonales y la intimidad emocional.
Desde el slow tech, el uso de la tecnología más consciente y sostenible, hasta las aplicaciones para la gestión del tiempo en pantalla, el activismo ambiental y los movimientos sociales que fomentan la desconexión, la clave está en comprender que no todo depende del esfuerzo individual: hay que materializar acuerdos entre instituciones, organizaciones sociales, familias, comunidades y el sector privado.
En Colombia, el problema es particularmente crítico en la niñez y la adolescencia, como señala el documento ejecutivo del Consenso Nacional de Cuidado Digital. Diversas organizaciones colombianas tanto públicas como privadas hablan de la urgencia de proteger esta población en los entornos digitales:
- El uso temprano de los teléfonos inteligentes con acceso a redes sociales, especialmente antes de los 13 años, “puede llegar a explicar hasta el 40 % de los síntomas asociados a una baja salud mental en jóvenes”.
- Según la OECD indica que el 60 % de los estudiantes de 15 años en Colombia reporta distracciones durante las clases debido al uso de dispositivos digitales, “ya sea por su propio uso o por el de otros estudiantes”.
- La plataforma Te Protejo ha procesado más de 270.000 reportes de violencia contra niños, niñas y adolescentes entre 2012 y 2025. De estas, el 89 % son correspondientes a situaciones ocurridas en entornos digitales.
- En el informe “Atrapados en las redes del conflicto armado: aumento del reclutamiento de niñas y niños”, la ONU alertó sobre el reclutamiento de esta población por parte de grupos armados a través de redes sociales.
La desconexión digital no es solo una salida terapéutica, es una misión educativa y política. El reto está en convivir con la tecnología sin delegar nuestra autonomía: construir espacios personales valiosos y recuperar la capacidad de pensar sin que las pantallas lo hagan por nosotros y nosotras.