En tiempos donde las emociones están mediadas por pantallas, un simple “😊” o “💫” puede equivaler a un “estoy aquí para ti”. Esta nueva gramática visual enriquece la comunicación digital contemporánea, funciona como puente emocional, suple las señales no verbales y permite la transmisión eficiente y rápida de los mensajes. Pero, entre la velocidad del scroll y el ruido de las notificaciones, el sentido se diluye y el riesgo crece: los mismos símbolos que unen comunidades pueden también ocultar mensajes de odio, coordinar acosos o camuflar delitos.
Eun Huh (2025), investigadora de la Universidad de Texas, demostró que, no interesa si el emoji es de rostros o no, su presencia en un mensaje aumenta la percepción de la receptividad y cercanía. Es decir, estas pequeñas imágenes cumplen una función social: reemplazan entonaciones, miradas o guiños que en la comunicación presencial surgen de forma natural.
El profesor Ricardo Nausa Triana, de la Universidad de los Andes, explica que los emojis funcionan como sustitutos de la entonación y las expresiones. Esto podría reemplazar los aspectos kinésicos (los gestos, por ejemplo) y paralingüísticos (tono, ritmo, entonación) de la conversación. En un entorno donde gran parte de la interacción es textual, estos elementos permiten “leer” emociones sin escucharlas.

📶Internet como territorio  

Para Juan Sebastián Corcione, director creativo especializado en lenguajes digitales y editoriales, “los entornos digitales no son ajenos a los reales. Internet es una realidad participativa y lo que hay que entender es que la comunicación, y los contextos del lenguaje no están asociados a realidades geográficas, sino justamente a ese entorno (digital)”. Esto implica que los mensajes y sus significados se construyen siguiendo la “racionalidad algorítmica”: formatos que buscan enganchar y provocar reacciones más que transmitir información neutral.

👣 Brechas generacionales y choques culturales

El lenguaje digital no es exclusivo de la juventud. Sin embargo, los códigos no siempre son compartidos. El pulgar hacia arriba 👍, interpretado por personas mayores como un simple “ok”, para usuarios de la generación Z puede tener un tono pasivo-agresivo. Estas diferencias no son triviales: marcan barreras de comunicación que, en tiempos de desinformación, pueden profundizar la fragmentación social. Corcione advierte que este lenguaje debería servir como puente, no como muro: urge “construir canales que no ridiculicen ni discriminen audiencias por su edad, sino que fomenten la comprensión y permitan descifrar estos códigos”, sobre todo en entornos como WhatsApp, donde circula gran parte de la desinformación en formatos cerrados.

📌 Códigos que encubren delitos

Los emojis también pueden encriptar mensajes con significados peligrosos; lenguaje cifrado que puede incitar a la violencia. Beatriz Martins, doctora en Ciencias de la Comunicación e investigadora en el Ateliê de Humanidades de Río de Janeiro, señaló en una entrevista con El Tiempo, que existe una “comunicación entre los jóvenes que incluye una dinámica de acoso entre ellos, sin que los adultos —tanto los padres como profesores— puedan detectarlo o interferir”. Algunos símbolos funcionan como contraseñas visuales que conectan a usuarios con comunidades agresivas, como redes ilegales o la manosferaEsta última es un conjunto de comunidades digitales, mayoritariamente lideradas por hombres, que comparten y debaten ideas sobre masculinidad, género y relaciones, con posturas que van desde el apoyo mutuo hasta discursos misóginos.

Casos documentados incluyen el uso de emojis de pizza en biografías de TikTok para identificar y contactar a menores en redes de pornografía infantil, o la apropiación de jergas visuales por parte de carteles de narcotráfico para atraer a jóvenes en esta misma plataforma.

Corcione, señala que el sueño democrático de internet produjo monstruos, que si bien nació “como una propuesta plural, democrática y heterogénea”, ha derivado en un terreno minado de desinformación. Las redes sociales, dice, están diseñadas bajo “un modelo que premia el instinto y las reacciones primarias, como las máquinas tragamonedas”, que refuerzan sesgos y emociones extremas.

¿Qué podemos hacer?

No tenemos un recetario mágico, pero sí algunas pistas para fomentar un diálogo más empático y crítico que nos facilite la navegación más segura por el ecosistema digital sin distinción de edad:

  • Alfabetización visual: entender que los emojis, los stickers o los mismos memes no son un asunto expresamente banal, son formas de expresión emocional.
  • Educación digital crítica: es pertinente actualizarse en la interpretación y el uso de los lenguajes digitales. Esto incluye los riesgos y las posibilidades. 
  • Salud digital: establecer límites de tiempo en el uso de redes sociales para evitar la ansiedad, la dispersión y otros riesgos derivados del uso continuo de las pantallas. 
  • Uso de formatos mixtos: combinar canales y estilos de comunicación para llegar a la diversidad de públicos.

Cuidado con los estigmas: ni todo lo viejo es obsoleto ni todo lo nuevo es absurdo. Tender puentes es más beneficioso que levantar muros.

Recurso para el aula

Glosauriux: Brain rot

Glosauriux: Brain rot

Traducido como “podredumbre cerebral”, este término hace referencia al consumo repetitivo y excesivo de contenidos triviales, absurdos y sin sentido. Hablamos de videos diseñados para enganchar, que buscan captar la atención, ofrecer una descarga de dopamina y mantener a los usuarios una estimulación constante, pero que erosionan su capacidad de concentración. Este fenómeno suele ir de la mano del doomscrolling, práctica que consiste en desplazarse sin parar por noticias negativas o contenido perturbador. En conjunto, ambas dinámicas alimentan la ansiedad, reducen la tolerancia al aburrimiento y debilitan la capacidad para procesar información compleja.